Antes de subir, se equilibran raciones, se ajustan collares con cascabeles, se comprueban pezuñas y se afilan cuchillos de trabajo. Los pastores revisan saleros portátiles, mantas, botiquines, cuerdas y radios. En el valle, la pequeña quesería de altura se airea, se encalan paredes y se hierven útiles para asegurar higiene. Todo sucede en sincronía con la hierba naciente, para no llegar ni tarde ni demasiado pronto.
Las últimas pariciones marcan el compás de los primeros ordeños, cuando el calostro se reserva con cuidado y la curva de lactación exige manos suaves y horarios regulares. Se escucha el corral respirar, mientras recién nacidos buscan calor y la leche cambia de densidad. Se anota cada detalle en cuadernos manchados de lluvia, porque una desviación mínima anticipa ajustes en el manejo o el futuro queso.
El ascenso sigue sendas escalonadas, bordeando hayedos y arroyos fríos. Los animales aprenden a reagruparse en esquinas de roca, y las personas miran el cielo para leer nubes caprichosas. Si aparece granizo, se refugian bajo aleros de madera oscurecida por generaciones de humo. El paso es lento, casi ritual, y cada curva descubre una alfombra botánica que más tarde perfumará la leche y dará nombre a matices sorprendentes.